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Condenado por violar a una menor que la Justicia de Familia le había entregado en guarda

En un reciente fallo, el Tribunal Criminal 1 condenó a Juan Carlos Ferreyra, alias “Chajá”, a la pena de ocho años de prisión, al ser considerado autor penalmente responsable del delito de “Abuso sexual con acceso carnal reiterado, agravado por ser cometido por el encargado de la guarda y aprovechando la situación de convivencia preexistente con la víctima menor de dieciocho años de edad”, hecho cometido en Tandil durante los últimos días del mes de julio y los primeros días del mes de agosto de 2009.

Se trató de una aberrante historia que debió padecer una joven de 14 años, quien primeramente fue sacada de su hogar cuando las autoridades educativas denunciaron que era golpeada por su madre. Ante la intervención judicial del fuero de Familia, finalmente se dispuso que el padrastro tenga su guarda y allí comenzó el otro tormento, más aberrante aún: fue violada en reiteradas oportunidades por el hombre al que la Justicia había confiado su crianza. En el medio, la menor supo que su padre de sangre no era quien le dijeron y que había sido gestada producto de una violación que había sufrido su mamá, también de parte de quien en ese entonces era pareja de su abuela.

Según reza el veredicto acordado por los jueces Guillermo Arecha, Pablo Galli y Gustavo Agustín Echevarría, se justificó de modo satisfactorio que durante los días señalados, en el domicilio donde vivían víctima y victimario, el imputado aprovechándose de la situación de convivencia y guarda, utilizando la fuerza obligó a la menor a tener relaciones sexuales en al menos seis oportunidades, ello se consumó sobre la cama matrimonial en horario de mañana, aprovechando que la madre de la menor se ausentaba para llevar a su hijo a la escuela.

En otra oportunidad, en horas de la tarde, la relación sexual se mantuvo en el interior del utilitario habitualmente utilizado por el acusado para trabajar, en donde previo propinarle una cachetada a la menor por su negativa, el señalado le exigió que le practicara sexo oral. En otra ocasión, también en el interior del domicilio, en horas de la tarde, Ferreyra aprovechó una salida circunstancial de la madre y del otro hijo conviviente, y obligó a la menor a mantener relaciones.

 

Testimonio del horror

 

Como prueba de cargo central concurre el testimonio directo incriminante de la menor, quien en su extensa declaración confió en que vivía junto a su madre, su hermano y el imputado, quien se incorporó a la familia cuando formó pareja con su mamá.

Explicó que la relación con su madre no era buena ya que ésta por cualquier motivo la castigaba violentamente, a igual que a su hermano, y que con la llegada de Ferreyra el castigo físico se atemperó en algún modo ya que éste en alguna oportunidad se interpuso para que cesara.

Dijo que en el mes de junio de 2009, cuando su madre fue citada por las autoridades del colegio para ser informada de sus malas calificaciones, luego de la entrevista que ésta mantuviera, le anticipó el castigo que le aplicaría, y en este sentido afirmó: “…mamá nos exigía que no nos lleváramos materias, pero tampoco ponía de su parte para que a nosotros nos fuera mejor y no nos lleváramos materias, porque estábamos por ahí todo el día en la calle, en la casa de las amigas de ella, en casa de mi abuela, entonces nosotros realmente no nos poníamos las pilas en la escuela. Y se enojaba y nos golpeaba por eso, porque no limpiábamos la habitación, porque nos portábamos mal, no nos dejaba tener amiguitos porque decía que eran mala junta, entonces cuando hacíamos algo que no le gustaba nos golpeaba…” (sic).

Ello fue la razón para que ese día no quisiera irse del colegio, y que al ser interrogada por los directivos de la escuela les confirmara que dicha amenaza se concretaría, lo que determinó que se formalizara una denuncia y como derivación estuvo un tiempo viviendo provisoriamente en casa de su preceptora. Luego, en razón de no poder permanecer en dicho hogar y que su padre no se encontraba en la Argentina, fue que por disposición del Juzgado de Familia de Tandil fue reintegrada al domicilio, otorgándose su guarda a Ferreyra, la pareja de su mamá. Así fue que en el transcurso de esta convivencia su madre se desinteresó de ella, dejando que el sindicado fuera quien asumiera la relación y responsabilidad hacia su persona. Desde allí, el tormento de la violencia de su madre pasó al horror de los abusos de su padrastro.

Para los jueces, la credibilidad y verosimilitud que merecen otorgarse a las manifestaciones de la niña encontraron respaldo en otras circunstancias acreditadas que, por acompañarlas convenientemente o corroborarlas en sus extremos, permitieron considerar con rigor que aquellas afirmaciones se ajustaron a la verdad de los hechos que la victimizaron y, en consecuencia, a su testimonio correspondió acreditarlo plenamente como prueba de cargo.

 

Giro en la coartada

 

Cabe consignar que Ferreyra a lo largo de la instrucción penal negó los hechos que se le endilgaban, pero en la audiencia de debate dio un giro a su negativa para admitir, de modo acotado y superficial,  que mantuvo relaciones sexuales con la menor, pero que las mismas fueron consentidas, y que estas fueron resultado de la seducción de la misma.

Poca suerte corrió la coartada emulada por el acusado, siendo que el Tribunal entendió que el cambio de discurso, de la cerrada negativa que mantuvo sobre la existencia de los hechos que se le atribuyeron en oportunidad, y su referencia a distintas circunstancias tendientes a descalificar la versión de los hechos y a la propia persona de la menor, a reconocer parcialmente los hechos y su participación en los mismos, atribuyéndolos como resultado de la seducción desplegada por la joven, respondió a un evidente propósito de mejorar su situación.

Repetir la historia

Párrafo aparte merece un capítulo de la aberrante historia padecida por la menor sobre la que el propio Tribunal se hace eco en párrafos de la sentencia.

“En efecto,  a la credibilidad que he otorgado a los dichos de la víctima concurren otras circunstancias que permiten considerar que los hechos no han acontecido tal como los sostiene el imputado; que las distintas relaciones sexuales que mantuvo con la menor fueron resultado de la fuerza e intimidación que ejerció con un efectivo aprovechamiento de la relación de convivencia y guarda, y de la especial vulnerabilidad que registraba la menor -haberse enterado pocos días antes de que no era hija de quien la reconociera como tal y, además, que era resultado del abuso de su madre por quien es la pareja de su abuela materna-, así debe concluirse que en las relaciones sexuales mantenidas no existió consentimiento de la menor”, señala el fallo.

“La debilidad que Ferreyra argumentó para justificar el despliegue seductor que atribuyó a la menor de 14 años de edad, no es la fragilidad que pueda encontrarse en una persona de casi 40, con una experiencia de vida de parejas anteriores y ser padre de dos hijos, entonces, adolescentes”, se añade.

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