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El atleta y el hombre descalzo, complicados con las pruebas que los incriminan por un robo

 

El Tribunal Criminal dio por iniciado un nuevo juicio por un resonante caso, a partir de sus particulares características en que derivó un robo domiciliario. Es que el “simple” robo en una casa sola, se transformó en algo más grave aún, cuando el damnificado alertó sobre el suceso, los interceptó y fue en su búsqueda. En medio de una cinematográfica persecución, uno de los ladrones no dudó en sacar un arma y disparar a la carrera. Afortunadamente aquel disparo no dio en la humanidad de la víctima, quien pudo relatar -ahora frente a los jueces- lo protagonizado y padecido.

Por el ilícito quedaron dos jóvenes sentados en el banquillo de los acusados, quienes fueron capturados aquella misma noche del robo, sindicados como los autores del atraco, posterior agresión y huida. Las pruebas en su contra son muchas y contundentes al entender del ministerio público, aunque los defensores hurgaron en la instrucción y los procedimientos en pos de hacerla trastabillar y poner en duda las respectivas participaciones. Pero no sólo la oportuna aprehensión a minutos del hecho, sino elementos de cargo varios resultan por demás elocuentes a la hora de considerarlos a priori sospechosos.

El calzado perdido de uno de los acusados en medio de la huida, el celular hallado en el auto utilizado en la persecución del otro implicado, entre otras pistas, resultan a priori importantes para que la inocencia clamada por los acusados quede endeble, más allá  de que sólo uno de los integrantes de la familia damnificada reconoció a uno de los sindicados como posible autor del hecho.

 

El caso

 

El suceso, calificado como “Robo agravado por la utilización de un arma de fuego apta para el disparo”, se remonta a las 23 del 29 de mayo de 2013, cuando dos personas ingresaron al domicilio de calle Haití 1299, propiedad de Mariano Daniel Allende y Nancy Zabala, previo ejercer violencia sobre la cerradura de la puerta principal de acceso.

Una vez en su interior se apoderaron de un televisor de 20 pulgadas, dos netbook, un equipo de música tipo home theater, un cuchillo de desguazar, 1300 pesos, un router de internet, una mochila, una campera de cuero de mujer color negro, un celular, dos controles remotos y un portafolio de tela de avión, todos elementos que cargaron en el automóvil Volkswagen Gol, dominio HFE 400, de color gris oscuro, que se hallaba estacionado en las inmediaciones.

En el momento en que los ladrones se retiraban de la casa fueron sorprendidos por los dueños, que en el mismo momento se hacían presentes ante la vivienda, iniciándose así una persecución a pie, por calle Haití hacia Colectora Pugliese.

Mariano Allende logró dar alcance a uno de los sujetos que se hallaba retrasado y le aplicó una patada, por lo que aquel trastabilló y cayó al piso, cayéndose asimismo un reproductor de DVD que portaba en sus manos, aunque inmediatamente el joven continuó la huida y esgrimiendo un arma de fuego tipo revolver calibre 32, efectuó un disparo contra su perseguidor, lo que causó que los damnificados desistieran en la persecución, retirándose los autores del ilícito en poder de los elementos sustraídos.

Empero, Allende iría por su auto y los persiguió mientras daba aviso a la policía, quien finalmente logró interceptarlos en la esquina de Paz y Constitución. Una vez allí, uno de los ocupantes del rodado buscado corrió por Paz hacia Avellaneda, quien sería aprehendido días más tarde por los elementos secuestrados en el rodado que era de su propiedad, entre ellos un celular, su documentación, además de todos los artículos del hogar que habían sido sustraídos de la casa.

En tanto, al otro, la policía lo capturó cuando caminaba, descalzo,  por Constitución hacia Santamarina, a metros del rodado. Uno de los zapatos fue encontrado cerca del rodado. El otro lo había perdido en la puerta de la casa que había sido violentada para el robo.

 

Los acusados y las pruebas

 

Cabe indicar que los acusados resultan ser Juan Manuel Urrutia y Gustavo Carlos Molleker, quien si bien dijeron desconocerse, el fiscal Marcos Egusquiza sostiene que Molleker es primo del progenitor de Urrutia y tenían  una fluida comunicación,

Precisamente el fiscal toma como indicio de prueba los zapatos hallados. Molleker perdió ambos zapatos, uno en el lugar del hecho y otro al costado del vehículo utilizado en el robo,   que se corrobora con la circunstancia de haberse acreditado que los mismos le quedaban grandes.

La defensa oficial, a cargo de Carlos Kolbl, pretende poner en crisis los fundamentos del fiscal, ya que su pupilo asegura que dichos zapatos no eran de él, que el calzaba zapatillas al momento en que “imprevistamente” fue capturado por la policía, aduciendo que hubo un irregular procedimiento policial que lo dejaron “pegado” a un caso que nada tenía que ver, siendo que él venía caminando desde su casa.

Urrutia, en tanto, aduce que el auto se lo habían robado y que el celular no es de él. Empero, el fiscal señaló que en dicho celular se leyó un mensaje de su autoría a un contacto de nombre  «Gustavo», en el cual dice, minutos antes del hecho: «Llamame ya», siendo respondido por Molleker: «No tengo crédito. Estoy en casa»,  y a renglón seguido le dice: «Preparate, ahí voy, tengo algo ya», a lo cual Molleker le responde: «Dale, vení», un minuto después, tal lo que surge de las declaraciones de los damnificados

Asimismo, se subraya como elemento incriminante el indicio dado por la circunstancia de resultar ser el vehículo utilizado en el hecho de propiedad de Urrutia, al igual que los efectos personales existentes en su interior (documentación, llaves de su vivienda y de la de su madre, gorra, reloj, teléfono celular, etc.).

 

Testigos

 

En las dos audiencias que demandó el juicio (continuará el lunes con los alegatos de las partes), se escuchó el relato de las víctimas, tanto del matrimonio Allende como de sus hijos, quienes a sus modos y sus formas coincidieron en la historia, desde cuando sorprendieron a los ladrones saliendo de su propiedad con las cosas robadas, y cómo uno de ellos corría velozmente (Urrutia es atleta) y se escurrió de sus vistas, mientras que el otro fue quien sacó el arma y disparó a la carrera contra ellos (el hijo de la familia reconoció a Molleker), mientras perdía un zapato.

Posteriormente desfilaron frente al Tribunal integrado por los jueces Guillermo Arecha, Pablo Galli y Gustavo Echeverría los policías que intervinieron en el procedimiento de detención como del secuestro de los elementos hallados en el auto interceptado.

Fue allí donde más se detuvieron con especial ahínco los defensores Kolbl (por Molleker) y Claudio Castaño (por Urrutia), intentando poner en crisis el accionar policial en pos de encontrar como una aguja en un pajar alguna nulidad que alivianara la suerte procesal de sus representados.

Por lo visto y escuchado, pocas grietas dejaron los uniformados en dicho sentido para abogados que parecen remar en un charco de fango ante la consistencia de las pruebas de cargo expuestas.

Sin más, ayer se dio por culminada la segunda audiencia, dejando un cuarto intermedio hasta el venidero lunes, tiempo en que se escucharán los alegatos, previéndose que el ministerio público sostendrá la acusación y calificación del hecho (se especula como mínimo una pena de ocho años de prisión), mientras que las defensas insistirán con el pedido de absolución de los acusados, subsidiariamente que se reconsidere el hecho como un calificativo menor al emulado por el fiscal.

Fin de la morigeración y prisión

Una de las “apostillas” que tuvo el juicio devino de la decisión que tomó el Tribunal frente a la situación procesal de Urrutia. Es que el acusado arribó al juicio en libertad, con el beneficio de la prisión morigerada.

Empero, días previos al inicio del debate, el Tribunal corroboró que el señalado incumplió con el arresto domiciliario, por lo que se resolvió en la primera audiencia la inmediata detención del imputado.

Desesperado grito de inocencia

Un dato distintivo del juicio estuvo dado por la conducta del acusado Molleker, quien se lo vio nervioso, ansioso y hasta fastidioso con su propio defensor por lo que sucedía en el debate.

Es más, en la previa del desfile de testigos, ignorando el consejo de su defensor, pidió hablarle a los jueces, quienes también le aclararon que resultaba mejor para su situación hacerlo una vez escuchado todo lo que se podía decir en su contra. Empero, insistió en hacerlo, aunque poco refirió al hecho puntual. Prefirió aludir a su pasado con el delito y que ya había aprendido la “lección”, que lo llevó por su adicción a las drogas, pero que ahora estaba recuperado y “en eje”, por lo que era inocente de lo que ahora lo estaban acusando.

Casi desesperadamente se tropezaba con sus palabras intentando persuadir a los jueces sobre su inocencia, aunque el propio Arecha le pidió que cesara con asuntos que nada hacían al hecho que se le endilgaba y que aguardara al final del juicio para expresar todo lo que quisiera.

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