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Excelente estreno de «¡Oh, Sarah!»

La obra es una evocación sobre el arte escénico, del ir y venir en la rutina de una lucha constante por la máscara. Línea zigzagueante que va construyendo una fuga: un personaje que pasa constantemente de la comedia al drama, de la caricatura al sainete, de la risa al código trágico de lo real-histórico: Sarah Bernhardt. Es la historia de una sobreviviente radical que busca su propio destino entre bambalinas, trajes, pedazos marchitos de tiempos, estilos y anécdotas curiosas.

Silencio. Miradas y más silencio. La pausa nace de la crisis del lenguaje. Un actor aguarda. Espera que el milagro se produzca. Y llegan las imágenes. Llegan las palabras. Llega Sarah. En aquel rincón, afloran sus memorias. Entre telones como retazos marchitos, amarillentos de tiempos, entre perlas, joyas y traperíos, surge Sarah. En aquel espacio onírico, nuevamente su destino entre bambalinas. Sus dolores, sus amores, su vida y su teatro.

«¡Oh, Sarah!» es una evocación sobre el arte escénico, una búsqueda cotidiana de lucha por la máscara. Un personaje que nos envuelve, y nos empuja a ser espectadores de esa lucha, de su drama, de su comedia. Una pelea constante con los críticos por las muecas, la caricatura y los gestos.

Ella es la dadora, la fecundante de cuanto hay de raro, mágico o ¿declamatorio? ¿Sobre actuado? «¡Oh, Sarah!» es una vuelta al inicio, un encuentro con los distintos estilos teatrales y con su vida misma. Porque en ese rincón no hay diferencia alguna entre el actuar y el vivir.

El unipersonal contó con la actuación de Germán Poiman que sorprendió, cautivó y emocionó sobre el escenario de La Confraternidad, logrando del público un prolongado y cálido aplauso.

 

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