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Mapear para trasformar la realidad

Además de dedicarse a la geografía física, los geógrafos, en la actualidad, buscan realizar aportes útiles para la resolución de las problemáticas de la sociedad. Así quedó plasmado en el mapa social que surgió de un proyecto de extensión universitaria que un grupo de estudiantes y docentes de las carreras de Geografía y Gestión Ambiental de la Facultad de Ciencias Humanas de la Unicén llevó adelante en Villa Aguirre en 2015 y que aún hoy sigue vigente. A partir de la creación de una serie de mapas, los pobladores del barrio dejaron al descubierto las problemáticas sociales y ambientales que más los afectan: la presencia de basurales, aguas contaminadas, zonas inundables, un zanjón de desagüe superficial de agua en pleno barrio y espacios, delimitados físicamente, en donde impera la violencia. Además, lograron construir una fuente de información de manera colectiva y desde el propio barrio que puede funcionar como un medio más para defender sus derechos.

La licenciada en Geografía e investigadora de la Unicén, Inés Rosso, charló con El Eco sobre la importancia de este tipo de información para la creación de políticas públicas, sobre la experiencia en Villa Aguirre y sobre por qué la cartografía social puede ayudar a mejorar la realidad de los tandilenses.

 

De qué hablamos cuando hablamos de cartografía social

 

Calles, cuadras, plazas y avenidas. O ríos, montañas, cordilleras, bosques, bahías y fronteras. Lo primero que aparece en la mente cuando se piensa en un mapa son los aspectos geográficos físicos y tangibles. Sin embargo, la geografía como ciencia hace varias décadas que amplió su campo de intervención y hoy los geógrafos enfocan sus esfuerzos en hacer aportes para la resolución de problemáticas socio espaciales tanto urbanas como rurales, tanto físicas como sociales. Y como se amplió el campo, se ampliaron las herramientas para conocer, explicar, gestionar y proponer cambios.

La cartografía social apareció de esta forma como una manera de recabar información, como una herramienta para la construcción colectiva del conocimiento.

Para la licenciada Rosso, la cartografía social puede funcionar también como una fuente de información diferente a la que se recaba de forma oficial por las instituciones públicas -como por ejemplo un censo- ya que incorpora la percepción que los propios ciudadanos tienen del territorio.

Mientras los trabajos de Rosso están actualmente más relacionados a la cuestión social, la cartografía como área técnica se ha redefinido de la mano de las tecnologías de la información geográfica en las últimas décadas como un aporte clave en la definición de políticas públicas.

“Desde la Facultad de Ciencias Humanas y con diversos municipios, tanto el de Tandil como con Ayacucho, Olavarría, Coronel Suárez y Balcarce, entre otros, venimos trabajando hace varios años en proyectos vinculados a accesibilidad a servicios públicos, bases de datos poblacionales, análisis de equipamientos, etc. Y para cada municipio se trabajó en función de sus demandas, por lo que todas resultaron experiencias distintas”, explicó Rosso.

Sin embargo, la posibilidad de incluir a esos análisis espaciales las percepciones de los ciudadanos a través de la cartografía social promete complementar diferentes tipos de conocimiento y potenciar los resultados e intervenciones.

 

Villa Aguirre, por Villa Aguirre

“Nosotros partimos de la idea de que cuanto más sepamos del espacio que transitamos y que construimos cotidianamente, más capacidad de transformarlo vamos a tener”, repasó Rosso sobre el comienzo del proyecto con los vecinos del barrio de Villa Aguirre, un trabajo que dirigió y que si bien comenzó con la idea de construir un biodigestor, terminó virando porque las inquietudes de los habitantes eran otras.

“Nosotros de la academia fuimos a promover algo y en realidad el barrio nos demandó otra cosa”, contó, y explicó que trabajaron junto con la Casa Popular Darío Santillán y que el proyecto arrancó con tres talleres de mapeo colectivo.

En el primer taller, “El barrio según el Espacio de Niñez”, un grupo de chicos hizo dibujos individuales con lápices de colores e íconos impresos. “Este trabajo permitió identificar recorridos habituales, vivencias y percepciones del espacio, posibilitando que cada niño defina su territorio”.

Un segundo mapa fue el resultado de un “recorrido urbano en grupos” realizado por jóvenes. De esta manera los chicos sacaron fotos y señalaron en un plano los lugares más frecuentados por ellos y aquellos que no les gustaban o les parecían peligrosos.

El tercer mapa fue realizado por adultos, en su mayoría mujeres, y se identificaron zonas de déficit de servicios públicos, problemas ambientales y lugares estratégicos para el acceso a servicios.

Con la información que se recolectó en cada mapa se realizó una síntesis total, y de esa síntesis se desprendieron dos mapas más: uno con los lugares significativos y sus connotaciones positivas o negativas y otro que visibiliza las problemáticas sociales y ambientales.

Según los habitantes de Villa Aguirre que participaron del mapeo, las zonas con connotación negativa son los basurales, las zonas inundables, las fábricas de fundición, el zanjón de desagüe superficial que está en la calle Independencia, las aguas contaminadas que cruzan la Ruta 226 y algunas calles que señalaron como lugares caracterizados por la violencia.

Todos estos espacios fueron delimitados en la cuadrícula del barrio. En cuanto al segundo mapa, los vecinos marcaron las zonas inundables, las de aguas contaminadas, los basurales, las fábricas, las zonas donde se deposita arena de fundición en desuso, el zanjón y, también, las zonas en donde aparece la violencia.

 

Información

 

-Del mapeo surgieron problemáticas propias del barrio. ¿Esa información no estaba recabada por otro organismo?

-No, porque, por ejemplo en el caso de los basurales clandestinos, es la gente del barrio la única que puede decirte donde están. Con respecto a las zonas inundables, ellos saben exactamente hasta donde se inunda, qué vivienda es más factible que se inunde, cómo queda el barrio después de cada lluvia. Surgió también, en el taller, la preocupación por un zanjón de canalización de agua de 500 metros de longitud cerquita del arroyo que alcanza en algunos sectores cuatro metros de ancho y tres de profundidad y que no está marcado en ningún lugar.

Surgieron un montón de cosas que quizá alguno en el Municipio suelto lo sepa pero no es información que esté sistematizada. No está en ninguna base de datos.

-¿Qué otras cosas surgieron del proyecto?

-En relación a la gente, fue interesante ver cómo nunca nadie se sentó con el vecino a charlar de estos temas. Quizás tampoco entre ellos mismos lo hacen cotidianamente, entonces al aparecer la posibilidad surgieron instancias de intercambio de mucho valor y hasta de pensar en la organización como forma de transformar esa realidad.

Tiene que ver con que si no se conoce qué pasa en el territorio, si no se razona sobre eso -que suele estar naturalizado-, no existen casi posibilidades de cambiarlo. En el momento en el que se hace consiente, empieza a ser posible el ejercicio de los derechos ciudadanos.

El mapeo, explicó Rosso, tiende como uno de sus objetivos a empoderar a los habitantes de Villa Aguirre pero, además, busca legitimar los saberes populares, “poder decir que el saber académico, o el saber oficial, o el saber que puedo relevar a partir de un mecanismo institucionalizado no es más importante que el saber que cualquiera puede tener de lo que sucede en su territorio. Es distinto, sí, y sirve para distintas cosas, pero todos son importantes”. Todos, en definitiva, son insumos válidos para la toma de decisiones.

-¿Qué se hizo con el material cuando terminó el proyecto?

-El proyecto terminó el año pasado con la sistematización de toda la información. Hicimos una presentación en el Salón de los Espejos y le acercamos a las instituciones los resultados. Ante todo los mapas son del barrio, la devolución es para ellos y son ellos los que deciden si con eso van a hacer algo.

En este caso la idea fue mostrar una metodología posible, que es fácil de transferir y que puede funcionar como una herramienta de cambio.

 

Mapuches, quechuas y guaraníes.

 

Dentro de los diferentes proyectos de investigación que integra Rosso se encuentra el mapeo de Pueblos Originarios en la provincia de Buenos Aires, un trabajo que lleva adelante codo a codo con la Mesa de Trabajo en Educación Intercultural de la Provincia de Buenos Aires y la Comisión Provincial de la Memoria. Y que busca analizar la situación actual de las comunidades originarias y visibilizarlas para luego acercarse a las escuelas con nuevos mapas que muestren realidades que hoy no figuran, a pesar de la Ley de Educación, contemplada en la currícula oficial.

“Venimos trabajando desde hace tres años para que se reconozca la Educación Intercultural, que figura en la Ley Provincial pero que no está vigente en ninguna de las escuelas.

No existen mapas que den cuenta de donde está la población originaria, de las comunidades que hay, de los idiomas que se hablan, de los lugares sagrados, por qué están, qué significan… Hay una primera versión del mapa que ellos, de hecho, usan todo el tiempo porque es la única manera de decir “acá estamos”. Lo primero es mostrar quiénes son, donde están, porque para el común de la gente no hay pueblos originarios en la provincia de Buenos Aires. Y sí. Hay en muchas localidades”, explicó Rosso.

-¿Hay comunidades originarias en Tandil?

-Sí, hay dos comunidades mapuches y hay mucha población quechua y guaraní, que en realidad tiene que ver con procesos migratorios. La particularidad de la provincia de Buenos Aires es que históricamente ha sido una provincia receptora de población. Actualmente hay gente que es bonaerense, que es tercera generación nacida acá y que aún mantiene elementos de su cultura que trajo de Chaco, de Jujuy, de Bolivia. Por lo que, si continúa viva esa cultura aquí, forma parte de nuestro territorio también.

En Tandil es mas reciente la población quechua y guaraní, del noroeste viene la quechua y del noreste la guaraní, y también de países limítrofes. Pero hay mucha población que habla esos idiomas y que, según nuestra Constitución Nacional, tiene los mismos derechos que el resto, por lo que esas culturas tienen que estar contempladas en las escuelas. Y no sólo para la población originaria puntualmente, sino también porque quienes no tenemos ascendencia originaria tenemos derecho a enriquecernos de esas culturas que constituyen y le dan sentido y significado a nuestro espacio cotidiano.

Y para llegar a eso hay que conocerlos y saber dónde están…

-Y reconocer que forman parte de nuestro territorio también. Reconocer es aceptar. Y aceptar es el primer paso para el respeto mutuo.

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