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Se cumplen 50 años de la muerte de Eduardo Olivero

El Instituto de Estudios Aeroespaciales Mayor Eduardo Alfredo Olivero, empeñado en promover el conocimiento, la investigación, el estudio y la difusión de la historia aeronáutica de Tandil y sus precursores, incluyendo el desempeño heroico de nuestros aviadores en la defensa de la soberanía nacional en el conflicto del Atlántico Sur, recordó al numen tutelar de la institución, con motivo de cumplirse hoy el cincuentenario de su desaparición física.

Olivero nació en esta ciudad el 2 de noviembre de 1896, al pie de la célebre Piedra Movediza.

Cuando en 1910 llegaron los primeros aviones al país, él quiso volar y como sus mayores no lo autorizaban, escapó de su casa y en un tren de carga viajó a Buenos Aires. Allí aprendió a volar y voló; pero, no le otorgaron la licencia de piloto porque era menor de edad. Como no lo autorizaban y él quería venir a Tandil en vuelo, se apoderó de un aparato de la Escuela de Aviación y llegó aquí el 14 de julio de 1914, dándose el gusto de ser el primer tandilense que vio desde arriba esta ciudad.

Cuando en 1915 Italia entró en la Primera Guerra Mundial, se escapó de nuevo en silencio de su casa y se fue a defender como voluntario la tierra de sus padres. Llegó a integrar la escuadrilla de los ases, realizando hazañas que fueron prendiendo en su pecho numerosas condecoraciones.

Al regresar a Tandil, cuatro años después y cargado de gloria, lo recibió casi todo el pueblo, llevándolo en andas. Volando aquí, poco después sobre la Plaza Independencia, se le incendió el avión. Alcanzó a llegar como pudo a la pista del Hipódromo, quemándose. Se arrojó del aeroplano y se revolcó en el suelo para apagarse las llamas. Sufrió gravísimas quemaduras. Cuando al cabo de varios meses se recuperó, siguió volando.

Batió el record mundial de altura con pasajero. Intentó otro record de altura -el sudamericano- envolviéndose con piolín y papel de diario para soportar el frío de las alturas. Cayó desde 8 mil metros en medio de una tropa de ganado, resultando milagrosamente ileso. Ese mismo día en tierra, sufrió el accidente más grave de su vida. Chocó con un auto de carrera -abierto como se usaban entonces- contra un carro de reparto tirado por un caballo. Una de las varas le deshizo el rostro. De ahí en más, con la visión sumamente disminuida, realizó la mayor de las hazañas.

Con la compañía de Bernardo Duggan y Julio Campanelli, realizó en un hidroavión el primer vuelo Nueva York-Buenos Aires, en 37 etapas, al cabo de 81 días, que incluyeron una caída -y una odisea- en la selva amazónica.

Sus ansias de aventura permanecieron. Se propuso realizar una ascensión científica en globo a la estratósfera. Pensaba llegar a 30 mil metros de altura, pero el estallido de la Segunda Guerra Mundial interrumpió su proyecto.

Al cumplirse 50 años de su primer vuelo sobre Tandil -en 1964- realizó aquí un vuelo evocativo.

Falleció en Buenos Aires, el 19 de marzo de 1966.

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