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Matías Delgado, el joven que fue desenterrado de una zanja, se recupera de su peor pesadilla

“¡Sacame Franco, sacame!”. El grito de Andrés Matías Delgado -familiares y amigos lo llaman por su segundo nombre- emergía de la entraña de la tierra. Mientras tanto, los rescatistas trabajaban sin pausa para liberarlo de adentro de la zanja donde estaba enterrado vivo. A unos metros del lugar, María Alejandra Aranda escuchaba la voz de su hijo del medio y pensaba lo peor.

Por fortuna, ayer por la tarde, Matías ya estaba sentado en el comedor de su casa de Villa Aguirre, rodeado por sus hermanos, sobrinos y abuelos. De carácter tímido, las palabras le salían a cuentagotas al momento de recordar esa pesadilla que se prologó por una hora. De a ratos, perdía la mirada en la pantalla del televisor y cada tanto, regalaba una sonrisa afable, tal vez al tomar dimensión de lo que había pasado 24 horas antes.

Comenzaba la semana laboral. Lunes, cerca de las 11.30. Matías estaba sumergido en una zanja de 6 metros de largo y 3 de profundidad, en Dinamarca y Bereterbide. Su herramienta de trabajo, la pala, lo acompañaba. En un instante, se encontró en la oscuridad total, tapado por tierra. Enterrado vivo. La imagen remite a la espeluznante escena de la saga Kill Bill, cuando Beatrix Kiddo (Uma Thurman) utiliza sus técnicas de artes marciales para escapar de una tumba.

“En ese momento lo único que pensaba era en salir. Gritaba ‘sacame Franco, sacame’”, relató acompañado por su madre, quien está acostumbrada a los sustos de su hijo de 25 años.

Es que cuando tenía 8 años, Matías fue alcanzado por una bala perdida. Ocurrió en una fiesta de casamiento, en un campo de Gardey. El proyectil ingresó por el cuello y quedó alojado en una zona donde proliferan las venas y arterias. Allí, consumió su primer milagro.

Años después, ya en la adolescencia, Matías atravesó otro hecho traumático. Fue durante una salida con amigos, cuando en un bar cercano a su hogar quedó en medio de una pelea entre parroquianos y le aplicaron un puntazo en la zona costal. También superó ese trance pero, el lunes, el destino lo puso a prueba y volvió a sortear la muerte como si gozara de una protección celestial.

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Vivir para
contarlo

Tras dejar el Hospital Ramón Santamarina, Matías durmió buena parte de la tarde. Su estado de salud es bueno, aunque siente dolores en el pecho y la espalda, donde presenta varios hematomas de diferentes tamaño.

Afortunadamente no sufrió fracturas, entonces el traumatólogo le recomendó que comenzara a caminar de a poco. Además, recibirá atención psicológica para superar el shock que le provocó el accidente laboral.

Aún sin demasiadas fuerzas para revivir su odisea más reciente, contó que quedó parado sobre el fondo de la zanja, en suelo firme, y tapado por tierra. Con trabajosos movimientos de sus manos, logró mover el enorme montículo que lo mantenía prisionero y le indicó a sus compañeros el lugar exacto donde estaba enterrado. De ese modo, pudieron pasarle oxígeno y trabajar con la retroexcavadora para rescatarlo más rápido.

“Hacía fuerza y pegaba gritos. En lo único que pensaba era en salir”, dijo y confirmó que tragó bastante tierra. Tal vez, además del instinto de supervivencia, lo alentaban sus dos hijos, una nena y un varón de 5 y 6 años. Por lo demás, lo ayudaron su juventud y su fortaleza corporal, además de los rescatistas.

Fue demasiado para Matías, quien le cedió a su madre la mayor parte del relato. Sin embargo, esbozó otra de sus cálidas sonrisas cuando le advertimos que dentro de algunos años lo iremos a buscar para que ponga en palabras esas sensaciones que ayer aún estaban en carne viva.

“Yo sentía los gritos de él”

María Alejandra Aranda, la mamá de Matías Delgado, relató que un vecino le avisó a su marido, que estaba en la vereda, que le había pasado algo a su hijo en la obra. Salieron para Villa Italia con la esperanza de que fuera algo leve.

“Cuando vi ambulancias, bomberos, no lo podía creer. Me atajó una policía, porque ya iba para el lado de la zanja. No sabía qué hacer, porque no lo vi a él. Semejante cantidad de metros abajo y todo lleno de tierra. A mi marido lo dejaron pasar porque (Andrés) Andolfatti les dijo: ‘Dejenlo porque es el padre, y yo sé cómo es’. Iba a hacer todo lo posible”, dijo esta enérgica madre de 8 hijos, que van desde los 11 a los 30 años.

“Me tuve que contener y no sé cómo hice para mantenerme parada”, agregó sobre el momento de inconmensurable tensión. Enseguida, la mujer policía que la sostenía le contó lo que había ocurrido, mientras le explicaba que estaban haciendo todo lo posible para sacarlo con vida.

Alejandra describió que en medio del operativo, “yo sentía los gritos de él. No sé qué movimiento hicieron y qué le pasó, que yo sentí su lamento”.

Angustiada, la madre no pudo observar cuando sacaron a Matías de la zanja, porque policías y bomberos habían hecho una cortina con sus camperas para tapar la escena. Entonces, le contaron que su hijo estaba pálido y que se había desvanecido.

Los padres salieron detrás de la ambulancia hasta el Hospital. Alejandra recién pudo ver a su hijo cerca de las 16. “Teníamos que esperar que le hagan todos los estudios, tener todo preparado, estudiarlo bien y después, cuando lo vieron todos los médicos, le sacaron las placas, le hicieron tomografía y análisis, recién ahí lo pudimos ver”, agregó.

En manos de Dios
y de los rescatistas

“Cuando estaba ahí, le rogaba a Dios, le pedía a mi hermano pobre que lo ayudara, porque para mí era un ángel que lo estaba cuidando. Yo decía: ‘Hermano por favor ayudá a mi hijo’, que para él era todo”, dijo emocionada.

Pero además de Dios y de los ángeles, estaban los equipos de rescate de Bomberos y el Servicio de Emergencias del Hospital, quienes trabajaron con profesionalismo y eficiencia. Por ese motivo, Alejandra y toda la familia agradecieron por el rescate y la atención que recibió Matías durante el terrible accidente que le tocó atravesar.

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