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Preocupaciones

El Eco

Me pasa con algunos libros o con ciertas películas: hay tramos -frases, escenas- que me «los llevo puestos», atrapado por el argumento; sospecho en el momento en que ahí hay algo más pero no me da la cabeza para pensarlos «en simultáneo».

Me surgen tiempo más tarde. La mayoría de las veces, sin proponérmelo, como una necesidad involuntaria. Como si tal cosa fuera posible.

La extensa sesión del Senado, la semana pasada, en la que se abordó el tratamiento del proyecto de Interrupción Legal del Embarazo me tuvo buena parte de la jornada sentado frente al televisor y la computadora para escuchar argumentos, de uno y otro lado.

Parte de las primeras impresiones quedó plasmada en una columna escrita ese mismo día. Pero como en aquellas películas o libros, hubo tramos -más de uno, ciertamente- en los que sabía que había «algo más».

A lo mejor no me tomé el tiempo necesario para pensarlo. Hasta que ayer, leyendo un antiguo artículo surgió nuevamente. Si pudiera llevar un título, sería algo así como «Lo que realmente esconde un pomposo cuidado de la mujer». O, en términos más barriales, «guarda que este tipo viene con segundas intenciones». Porque, lógicamente, estos actos tienen como protagonistas convidados a los hombres.

El artículo en cuestión habla de los cine-club, una «moda» surgida hacia fines de la década del 50, que se extendió durante varios años.

Era un contexto exitoso para séptimo arte, que a nivel nacional venía acompañado con el desarrollo de las primeras carreras universitarias específicas.

El cine club surgió como una resistencia. En un arte popular por excelencia, como es el cine, el aspecto comercial primó -y prima- muchas veces, por sobre la cuestión artística en particular.

En las ciudades del interior, aquellos films que no venían con un fuerte apoyo publicitario de las grandes productoras, solían pasar sin pena ni gloria. O ni siquiera pasar.

Así surgieron estos ámbitos, donde era posible proyectar películas por fuera del circuito comercial.

Tandil no escapó a ese fenómeno. El Grupo Cine y el posterior Cine Club, son dos de sus expresiones emblemáticas.

Pero no era fácil darles continuidad en el tiempo. Por un lado, porque sus impulsores pertenecían a cierta intelectualidad, mezclada con abundante bohemia, que los hacía poco eruditos en el manejo de los números. Porque por más que las exhibiciones fueran por un camino paralelo a lo comercial, las salas y las películas había que alquilarlas, pagarle al proyector y asumir otros gastos.

Como si la contabilidad no fuera obstáculo suficiente, los regímenes dictatoriales que abundaron por aquellos años no eran precisamente unos entusiastas del séptimo arte. Sobre todo, del tipo de películas que solían exhibir los cine club, con una marcada tendencia hacia lo social, la protesta, la izquierda y demás inconveniencias.

La dictadura de Onganía actuaba de una manera algo más sutil si se la compara con lo que habría de ocurrir en la década siguiente. Por caso, el Grupo Cine Tandil solía recibir ciertas «sugerencias» del secretario de Cultura municipal, exhortando a elegir con cuidado las películas, ya que «detrás de toda obra de arte hay algo más”.

Como las advertencias no daban resultado, un buen día el comisario de la Primera -recibiendo órdenes de las autoridades de la ciudad, al fin y al cabo, todos uniformados- le pidió al dueño de la sala no cedérsela más al grupo de «zurditos».

Por supuesto, que el pedido llevaba la marca indeleble de la exigencia. No obstante, y como para mantener las formas, el comisario se permitió «fundamentar» su orden.

Y lejos de encarar el tema por el lado de la subversión apátrida, el flagelo rojo, el libertinaje o la sombra del «tirano traidor» aún en el exilio, eligió el edulcorado engaño de quien se preocupa por el «sexo débil».

-Mire -le dijo al empresario, según consigna Fernando Ramírez Llorens en un trabajo sobre los cine club-, usted sabrá comprender. Resulta que las proyecciones que hacen estos jóvenes los miércoles se extienden hasta tarde. Y seguramente usted coincidirá conmigo en que las muchachas, que acuden en buen número, anden por la calle después de la medianoche conlleva un verdadero peligro.

Cuando escucho a tanto varón hacerse el preocupado por la suerte de la mujer, me pregunto ´qué es lo que verdaderamente lo estará preocupando a este tipo´.

Una buena aproximación a una respuesta es más que obvia: la libertad.

 

Nota proporcionada por :

  • ElEcodeTandil

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